Un espacio para vivir

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No es coincidencia que, en inglés, a nuestro salón le llamen «living room«, lo que literalmente significa la habitación de vivir, de la vida, para vivir…

El salón es ese espacio en el que podemos pasar mucho tiempo. Aunque antes parece que no era así.

En muchas casas que hemos conocido, de nuestras abuelas o bisabuelas, había una estancia a la que no podías casi entrar. Estupendamente decorada: muebles buenos, mesa de madera maciza, a veces hasta un sofá, y los mejores objetos de la decoración del momento. Sin olvidarnos de un gran arsenal de fotos de bodas, bautizos, comuniones y lo que se terciara.

Además de ese salón, había otro espacio en el que realmente se pasaba el tiempo. En muchas casas coincidía con el comedor o la cocina, en otras era diferente.

Los sillones se llegaban a desgastar de tanto usarlos, la mesa camilla se convertía en el centro de todo (con brasero para los días más fríos) y a su alrededor se arremolinaban los diferentes miembros de la familia, vecinos, amigos y cualquiera que fuese invitado a entrar.

Y allí se pasaban muchos días. Muchas horas. Días mejores y peores, pero siempre allí, en familia.

Hoy, en la mayoría de las casas modernas el salón es solo uno (no suele haber espacio para más). Y también en muchas ya no es solo una sala en la que entrar con cuidado, sino que es un espacio para vivirlo.

Confieso que en mi casa es así.

Es una habitación con mucha luz, con su sofá, su tele, su mesa para cuando vienen invitados y sus muebles de almacenaje. Al principio incluso nos atrevimos a poner pequeños adornos para convertirlo todo en un poco más hogar. Siempre ordenado y agradable con la luz del sol, y cálido y recogido por las noches.

Pero la vida cambió, y el salón con ella. Ya no hay adornos, ya no hay mesa de centro (o sí, pero con otra función), y el orden solo sucede en ciertos momentos del día cuando recuperamos el sonido del silencio.

Los salones son para vivirlos. Y los niños, también tienen que poder vivir los salones, jugarlos.